Fanny Mikey y el festival que le devolvió la calle a Bogotá
Llegó de Buenos Aires en 1959 para una temporada corta. Se quedó casi cincuenta años, fundó un teatro, inventó el Festival Iberoamericano y convenció a una ciudad asustada de salir de noche.
Un telón en Cali
Empieza en un escenario de Cali a finales de los años cincuenta. Una actriz argentina de veintipocos años, nacida en Buenos Aires en 1930, llega de gira con una compañía y descubre que en esa ciudad está pasando algo: Enrique Buenaventura y el grupo que después sería el Teatro Experimental de Cali están construyendo una manera propia de hacer teatro, con creación colectiva y con material latinoamericano.
Fanny Mikey se quedó. Trabajó allí durante años como actriz y como gestora, aprendió el oficio del teatro independiente colombiano por dentro y adoptó la nacionalidad del país donde iba a pasar el resto de su vida.
Bogotá y una casa con escenario
A comienzos de los ochenta se trasladó a Bogotá y en 1981 abrió, con Ricardo Camacho y otros socios, el Teatro Nacional. La idea era sostener una programación estable y profesional en una ciudad donde el teatro dependía de esfuerzos intermitentes. La sala funcionó, se amplió después con otras sedes y creó público donde no lo había de manera constante.
Mikey actuó, dirigió, produjo y sobre todo hizo la parte menos glamorosa del oficio: conseguir plata. Tocó puertas de empresas, de embajadas, de ministerios. Sabía que un teatro se sostiene con taquilla, pero que un festival internacional no.
1988
El Festival Iberoamericano de Teatro de Bogotá nació en 1988, creado por Fanny Mikey junto a Ramiro Osorio, con motivo de los 450 años de la fundación de la ciudad. La apuesta era temeraria en la Colombia de ese momento: traer compañías de decenas de países a una ciudad con problemas serios de seguridad y convencer al público de llenar salas y plazas.
Funcionó. El festival se volvió bienal y creció hasta convertirse en uno de los encuentros de artes escénicas más grandes del mundo por número de funciones y de espectadores. Trajo montajes que de otro modo no habrían llegado nunca a Suramérica, y sobre todo sacó el teatro a la calle: la programación al aire libre, gratuita, en parques y plazas, llevó compañía de circo, teatro de calle y danza a barrios que no pisaban una sala.
Ese fue el efecto que más se le reconoce. Durante dos semanas cada dos años, Bogotá funcionaba de otra manera: gente en la calle de noche, familias enteras en un parque viendo zancos y títeres gigantes. En una ciudad marcada por el miedo, eso no era un dato cultural menor.
El carácter
Los testimonios de quienes trabajaron con ella coinciden en describir a una gestora exigente, ruidosa, imposible de ignorar en una reunión y capaz de sostener una negociación durante meses. Cultivó una imagen pública reconocible y la usó como herramienta de gestión: era más fácil conseguir un patrocinio cuando la persona que pedía era la cara del festival.
Recibió distinciones del Estado colombiano y de gobiernos extranjeros por su aporte a las artes escénicas, y el Teatro Nacional formó a varias generaciones de actores y técnicos.
Murió en Bogotá en agosto de 2008, a los 77 años. La edición del festival de 2010 se realizó sin ella, y siguió realizándose después; la sala principal del Teatro Nacional lleva su nombre.
El telón, otra vez
Aquella gira corta de 1959 debía durar unas semanas. Terminó durando cuarenta y nueve años y dejando dos instituciones en pie. Es una carrera que se mide mal en aplausos y bien en infraestructura: una sala que abre todas las semanas y un festival que cada dos años obliga a una ciudad de millones a mirar hacia un escenario armado en la mitad de un parque.
“Hay gestores culturales que dejan obras y otros que dejan costumbres; lo segundo es mucho más difícil.”
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Escribe el perfil largo del fin de semana. Le gusta empezar por un objeto y terminar en una biografía.
