La Candela Viva, treinta años después: el disco que sacó el tambor de la fiesta y lo puso en el mundo
Grabado en Londres en 1993 para el sello Real World, el álbum de Totó la Momposina no adaptó la música del río Magdalena al gusto internacional. Hizo lo contrario.
Un tambor alegre en un estudio inglés
Lo primero que se oye en La Candela Viva no es una guitarra ni un teclado: es percusión y voz. Tambor alegre, llamador, tambora, gaita, un coro de mujeres respondiendo. El disco se grabó en 1993 en los estudios del sello Real World, en Wiltshire, Inglaterra, bajo la producción del ingeniero británico Richard Blair, que había vivido en Colombia y conocía de primera mano la música que estaba registrando.
La decisión de producción es lo que hace que el disco siga sonando bien treinta años después. En una época en que la etiqueta comercial de world music solía significar percusión tradicional maquillada con sintetizadores y reverbs amables, aquí se hizo lo contrario: se grabó el conjunto casi como suena en vivo, con los instrumentos en primer plano y sin domesticar los tiempos.
Quién canta
Sonia Bazanta Vides nació en 1940 en Talaigua Nuevo, en la isla de Mompox, departamento de Bolívar, en una familia de músicos y bailadores. La cantadora, en esa tradición, no es una solista en el sentido europeo: es quien dirige, quien lanza el verso al que responde el coro, quien marca cuándo entra y cuándo sale el tambor. Totó la Momposina aprendió ese oficio en fiestas patronales y velorios antes de pisar un escenario formal.
Su trayectoria tiene un punto de inflexión documentado: en diciembre de 1982 viajó a Estocolmo a cantar en los actos de entrega del Premio Nobel de Literatura a Gabriel García Márquez, por invitación del propio escritor, que quiso llevar música del Caribe colombiano a la ceremonia. Ese viaje internacionalizó su nombre. Antes y después se dedicó a algo menos visible y más importante: recorrer pueblos del Caribe recogiendo repertorio, ritmos y formas de canto que no estaban grabados en ninguna parte. También cursó estudios sobre danza e historia en París.
El repertorio
La Candela Viva funciona como un mapa. Hay cumbia, hay bullerengue, hay chalupa, hay sexteto, hay porro. La secuencia no ordena las piezas por gusto sino por familias rítmicas, y eso convierte al álbum en una introducción utilísima para quien nunca ha escuchado música de tambor del bajo Magdalena.
El bullerengue, canto de mujeres asociado a comunidades afrodescendientes, aparece con su estructura de llamada y respuesta intacta. La cumbia suena como lo que es en su forma original, un género de gaita y tambor, muy lejos de la versión orquestal que se popularizó en el continente. Las letras hablan de trabajo, de río, de duelo y de fiesta, sin exotismo.
La voz de Totó no es dulce ni busca serlo. Es una voz de mando, aguda, filosa, hecha para sostenerse sobre percusión en espacio abierto y sin amplificación. En el disco conserva esa aspereza y ahí está buena parte de su valor documental.
Lo que abrió
El álbum circuló por Europa y Estados Unidos y colocó esta música en circuitos de festivales que hasta entonces la ignoraban. Su efecto interno fue quizá mayor: legitimó ante el público urbano colombiano un repertorio que las emisoras trataban como folclor menor. Buena parte de las bandas colombianas que en las dos décadas siguientes mezclaron tambores del Caribe con formatos contemporáneos trabajan sobre un terreno que este disco ayudó a despejar.
En 2015 el mismo material fue retomado en Tambolero, una versión reconstruida a partir de las cintas originales de 1991 y 1993, con pistas que no habían entrado en la mezcla final y con instrumentación recuperada. No es un remix: es una restauración, y funciona como el complemento natural del disco original.
¿Vale la pena hoy?
Sí. Y no por razones arqueológicas. La Candela Viva se sostiene como grabación porque las decisiones técnicas fueron correctas y porque el conjunto toca con precisión. Sirve de puerta de entrada, de referencia de producción y de argumento contra la idea de que la música tradicional necesita traducción para viajar.
Aquel tambor alegre que abre el primer corte no se adaptó a nada. Se grabó bien y bastó.
“La música tradicional no viaja cuando se suaviza, sino cuando alguien la graba sin miedo.”
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Retrata a quienes trabajan lejos del micrófono: técnicos, archivistas, ingenieras de turno de noche.
