La casa de Aracataca y las 1.300 cuartillas que nadie quería pagar
Antes del Nobel hubo un pueblo con calor de hierro, una abuela que contaba prodigios con cara de nada y un escritor que en 1966 no tenía con qué enviar su novela por correo.
El calor de las tres de la tarde
Aracataca, Magdalena, mediados de los años treinta. Una casa grande de madera con corredores, cuartos cerrados y un patio con almendros. Adentro vive un niño criado por sus abuelos maternos. El abuelo, el coronel Nicolás Márquez, veterano de la Guerra de los Mil Días, lo lleva al circo y le explica el mundo en términos de hechos. La abuela, Tranquilina Iguarán, cuenta muertos que caminan y presagios con el mismo tono con que anuncia el almuerzo, sin subrayar nada, como si fuera información doméstica.
Gabriel García Márquez contó muchas veces, en conferencias y en sus memorias, que ese tono de la abuela fue el hallazgo técnico que le faltaba: contar lo extraordinario con cara de nada.
De la facultad de derecho al periódico
Nació en 1927. Estudió bachillerato en Zipaquirá y entró a Derecho en la Universidad Nacional en Bogotá, carrera que abandonó. El 9 de abril de 1948 lo agarró en Bogotá; con los disturbios del Bogotazo se trasladó a Cartagena, donde empezó a escribir en el diario El Universal. Después vinieron Barranquilla y el grupo de amigos lectores que lo formó de verdad: Álvaro Cepeda Samudio, Germán Vargas, Alfonso Fuenmayor, el catalán Ramón Vinyes. Leían a Faulkner, a Virginia Woolf, a Kafka. Ese último, según contó, le mostró que se podía escribir de otra manera.
Como reportero de El Espectador publicó en 1955 una serie de catorce entregas sobre un marinero sobreviviente del naufragio de un buque de la Armada. El relato revelaba que el barco llevaba carga de contrabando mal estibada y que no hubo tormenta. El escándalo terminó con el corresponsal enviado a Europa y con el periódico bajo presión oficial. La serie se publicó después como Relato de un náufrago.
Vinieron años flacos en París, Caracas, Nueva York y México, y libros que se vendieron poco: La hojarasca (1955), El coronel no tiene quien le escriba (1961), La mala hora (1962), Los funerales de la Mamá Grande (1962).
El carro que dio la vuelta
En 1965, manejando hacia Acapulco con su familia, tuvo el arranque de una novela que llevaba casi veinte años rondando. Dio la vuelta y volvió a Ciudad de México. Se encerró dieciocho meses. Mercedes Barcha sostuvo la casa a crédito mientras él escribía.
Cuando terminó, el manuscrito de Cien años de soledad debía viajar por correo a la editorial Sudamericana en Buenos Aires. En la oficina postal no les alcanzó el dinero para enviarlo completo, así que mandaron primero la mitad. La anécdota tiene un detalle que el escritor y su esposa recordaron con humor: por error enviaron la segunda mitad antes que la primera.
El libro salió en 1967. La primera edición se agotó en semanas. Se ha traducido a decenas de idiomas y es una de las novelas más vendidas escritas en español.
Estocolmo, 1982
En 1982 recibió el Premio Nobel de Literatura. Fue a la ceremonia con liquiliqui blanco, la prenda del Caribe colombiano, en lugar de frac, y llevó músicos del Caribe a Estocolmo. Su discurso, La soledad de América Latina, argumentaba que la desmesura de la región no es un adorno literario sino su realidad estadística, y pedía a Europa que la midiera con su propia vara.
Después llegaron El amor en los tiempos del cólera (1985), El general en su laberinto (1989), Noticia de un secuestro (1996) y las memorias Vivir para contarla (2002). Nunca dejó del todo el periodismo: fundó la Fundación para el Nuevo Periodismo Iberoamericano en Cartagena en 1994, donde durante años dictó talleres a reporteros jóvenes.
Murió en Ciudad de México en abril de 2014. Su archivo personal se conserva en la Universidad de Texas en Austin.
Volver al corredor
La casa de Aracataca fue reconstruida y hoy es museo. Tiene los corredores, el patio, los almendros. Recorrerla dura veinte minutos y no explica nada: no hay ahí ningún secreto técnico, ninguna clave. Solo el calor de las tres de la tarde y unos cuartos donde una señora contaba cosas imposibles sin cambiar la voz.
“El realismo mágico no fue un truco de estilo: fue el tono de una abuela que no se asombraba de nada.”
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Escribe el perfil largo del fin de semana. Le gusta empezar por un objeto y terminar en una biografía.
