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Retrato generado para María, ciento cincuenta años después: la novela que fundó un paisaje

Reseña · 1867 · Valle del Cauca

María, ciento cincuenta años después: la novela que fundó un paisaje

Publicada en 1867, la única novela de Jorge Isaacs se convirtió en el libro más leído de la América hispana del siglo XIX. Se lee como una historia de amor y funciona como el inventario de una hacienda que se estaba acabando.

Andrés Mejía

8 de abril de 2025 · 8 min de lectura

Lo que pasa cuando se abre el libro

María empieza con una despedida y termina con una tumba, y todo lector sabe desde la primera página cómo va a acabar. Jorge Isaacs no construyó suspenso: construyó demora. El narrador, Efraín, cuenta desde el futuro un año de su adolescencia en la hacienda paterna del Valle del Cauca, junto a María, la prima criada como hermana, enferma de un mal hereditario que su madre también padeció.

El pacto está firmado desde el comienzo. Lo que el libro ofrece no es saber qué ocurre sino ver cómo se acaba lo que ya está condenado.

Un paisaje que antes no existía en la literatura

La novela salió en Bogotá en 1867 y se convirtió con rapidez en un fenómeno continental: ediciones y traducciones sucesivas, lecturas escolares, un lugar fijo en el canon del romanticismo hispanoamericano. Fue durante décadas el libro más leído del continente en español.

Buena parte de ese éxito se explica por algo que suele quedar en segundo plano frente a la historia de amor: María es un tratado de paisaje. Isaacs describe el Valle del Cauca con una precisión de naturalista, con nombres propios de árboles, pájaros, horas del día, ruidos del río, cambios de luz sobre la cordillera. Antes de este libro, la tierra caliente colombiana no tenía una descripción literaria de ese nivel de detalle. Después de él, quedó fijada.

La casa de la hacienda El Paraíso, en el municipio de El Cerrito, existe y funciona hoy como museo. Miles de personas visitan cada año un lugar que conocen por una ficción.

Lo que el libro deja ver sin querer

Leída con ojos de hoy, María entrega mucho más de lo que su trama declara. Es el retrato interno de una hacienda esclavista y patriarcal en el momento en que ese mundo se está desarmando, contado por alguien que pertenecía a él y que lo perdió.

Hay un episodio incrustado en la novela, la historia de Nay y Sinar, dos africanos capturados y vendidos, que introduce la esclavitud en el relato con una crudeza que contrasta con el tono elegíaco del resto. Isaacs lo mete casi como cuerpo extraño, y ahí queda: la novela más dulce del siglo XIX colombiano contiene también su testimonio incómodo.

También está la economía. Se habla de deudas, de viajes de negocios, de la necesidad de que el hijo estudie medicina en Londres, de una fortuna que se resquebraja. El padre de Efraín es un comerciante en apuros, y ese hilo, discreto, sostiene la trama entera: si la familia no estuviera quebrada, Efraín no tendría que irse.

El autor que se quedó sin todo

Jorge Isaacs nació en Cali en 1837, hijo de un judío inglés nacido en Jamaica que se convirtió al catolicismo y se estableció en el Valle. La biografía del autor se parece a la de su libro con una simetría casi molesta.

Perdió las haciendas familiares por deudas. Peleó en las guerras civiles del siglo XIX. Fue congresista y militante liberal radical, con episodios políticos accidentados que le costaron cargos y amistades. Fue cónsul en Chile, inspector de instrucción pública, explorador de tierras baldías y prospector minero en el Magdalena, siempre buscando el negocio que no llegó.

Publicó también poesía y un estudio sobre las tribus indígenas del Magdalena, con observaciones etnográficas y lingüísticas de valor documental. Nunca escribió otra novela. Murió en Ibagué en 1895, sin dinero.

Por qué se sigue leyendo

La objeción de siempre es que María es sentimental, y lo es: hay llanto, presagios, flores marchitas y una moral de la época que hoy chirría. Los estudiantes colombianos que la leen por obligación suelen quedarse con eso.

Lo que sostiene el libro es la construcción del tiempo. Isaacs entendió antes que muchos que un relato de pérdida no funciona con acontecimientos sino con detalles cotidianos que después se vuelven insoportables al recordarlos: un vestido, una rutina, un camino a caballo que se hizo mil veces.

El lector sabe desde el principio que María va a morir. Esa es exactamente la posición desde la que Efraín escribe, y desde la que todo el mundo recuerda cualquier cosa que ya terminó.

Isaacs no construyó suspenso: construyó demora.

El Perfil

Temas

  • literatura
  • novela
  • valle del cauca
  • siglo xix

Sobre las fuentes: Basado en la lectura de la novela, en ediciones críticas y estudios académicos sobre el romanticismo hispanoamericano y en la bibliografía biográfica sobre Jorge Isaacs.

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Andrés Mejía

Reportero de perfiles

Retrata a quienes trabajan lejos del micrófono: técnicos, archivistas, ingenieras de turno de noche.

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