Katherine Johnson, la mujer a la que John Glenn le pidió revisar el computador
Calculó a mano las trayectorias de los primeros vuelos tripulados de Estados Unidos. En 1962, antes de orbitar la Tierra, el astronauta pidió que ella verificara los números que había producido una máquina IBM.
Una hoja de papel contra una IBM
En febrero de 1962, en Cabo Cañaveral, John Glenn estaba a punto de convertirse en el primer estadounidense en orbitar la Tierra. Las trayectorias de la misión Friendship 7 las había calculado un computador IBM 7090, tecnología recién instalada y en la que nadie confiaba del todo. Glenn puso una condición antes de subir: que los números los verificara la mujer.
La mujer era Katherine Johnson, matemática del Centro de Investigación Langley, en Virginia. Hizo las cuentas a mano, con calculadora mecánica de escritorio, durante más de un día de trabajo. Coincidieron. Glenn voló.
West Virginia, 1918
Katherine Coleman nació en White Sulphur Springs, Virginia Occidental, en 1918. Contó siempre que de niña lo contaba todo: los escalones, los platos, los pasos hasta la iglesia. El condado donde vivía no ofrecía educación secundaria para niños negros, así que la familia se mudó durante los cursos escolares a otra ciudad para que ella y sus hermanos pudieran estudiar.
Entró a la universidad a los 15 años. En West Virginia State College fue alumna de W. W. Schieffelin Claytor, uno de los primeros afroamericanos con doctorado en matemáticas, que diseñó cursos específicamente para ella, incluido uno de geometría analítica del espacio. Se graduó en 1937, con 18 años, en matemáticas y francés. En 1939 fue una de las tres personas negras, y la única mujer, seleccionadas para integrar el programa de posgrado de la Universidad de Virginia Occidental cuando este se desegregó.
Las computadoras humanas
En 1953 entró al NACA, la agencia que en 1958 se convertiría en la NASA, dentro de la unidad de computadoras del área oeste: un grupo de matemáticas afroamericanas que hacían cálculo a mano en instalaciones segregadas, con baños y comedores separados.
Johnson fue asignada temporalmente a la división de investigación de vuelo y nunca la devolvieron. Hacía preguntas, pedía entrar a las reuniones de ingenieros de las que las mujeres estaban excluidas, y terminó en ellas. Calculó la trayectoria del vuelo suborbital de Alan Shepard en 1961, el primer estadounidense en el espacio. En 1960 firmó con Ted Skopinski un informe técnico sobre la ubicación de la órbita para un aterrizaje en un punto elegido: fue la primera mujer de su división acreditada como autora de un reporte de investigación.
Trabajó después en el programa Apolo, incluidos los cálculos de la ventana de lanzamiento y de los encuentros orbitales entre el módulo lunar y el módulo de mando del Apolo 11. Cuando en 1970 el Apolo 13 sufrió la explosión del tanque de oxígeno, los procedimientos de respaldo que había ayudado a preparar permitieron a la tripulación navegar con referencias estelares y volver. Más tarde trabajó en el programa del transbordador espacial y en el satélite de recursos terrestres.
Un reconocimiento con cincuenta años de retraso
Se retiró de la NASA en 1986 tras 33 años y firmó o cofirmó más de veinte informes técnicos. Durante décadas su nombre circuló solo entre especialistas.
En 2015 el presidente Barack Obama le entregó la Medalla Presidencial de la Libertad, la más alta distinción civil de Estados Unidos. Al año siguiente apareció el libro Hidden Figures, de Margot Lee Shetterly, y la película homónima, que llevaron su historia y la de sus colegas Dorothy Vaughan y Mary Jackson a un público masivo. En 2017 la NASA inauguró en Langley un edificio de investigación computacional con su nombre. En 2019 el Congreso le concedió la Medalla de Oro.
Murió en febrero de 2020, a los 101 años.
Contar los escalones
La historia se cuenta a veces como una fábula de talento individual, y eso deja por fuera lo esencial. Johnson trabajaba en una institución que la necesitaba y al mismo tiempo la mantenía en un comedor aparte. Su respuesta no fue simbólica sino técnica: entregar cálculos que nadie podía refutar, y después pedir el asiento en la reunión.
Aquella verificación a mano de 1962 es la imagen exacta de esa carrera. La NASA tenía un computador nuevo. El astronauta que iba a jugarse la vida encima de un cohete quería que los números pasaran antes por la persona que llevaba toda la vida contándolo todo.
“La confianza en un cálculo no la da la máquina que lo hace sino la persona que responde por él.”
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