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Retrato generado para María Cano: de la sala de lectura a las plazas del país

Crónica · 1925 · Medellin

María Cano: de la sala de lectura a las plazas del país

Era una escritora de familia culta que atendía una biblioteca para obreros en Medellín. En 1925 la coronaron Flor del Trabajo y en dos años se convirtió en la oradora más buscada y más vigilada de Colombia.

Valeria Osorio

16 de julio de 2026 · 8 min de lectura

Una biblioteca abierta a quien no tenía libros

Antes de subirse a una tarima, María Cano prestaba libros. En Medellín, a comienzos de los años veinte, atendía una sala de lectura pública dirigida a obreros y artesanos, gente que trabajaba doce horas y que no tenía dónde leer.

Ese detalle explica bastante de lo que vino después. Cano no llegó a la política obrera desde la fábrica ni desde el sindicato: llegó desde los libros. Nació en Medellín en 1887, en una familia de maestros y periodistas emparentada con los Cano de El Espectador, y su primera vida pública fue la de una escritora que publicaba prosa poética en revistas locales.

Lo que cambió fue la clientela de la biblioteca. Al conversar con los trabajadores que llegaban a leer se enteró de las condiciones concretas: jornadas sin límite, ausencia de descanso dominical, mujeres y niños en talleres, despidos sin indemnización, huelgas reprimidas.

Flor del Trabajo

En 1925, durante las celebraciones del primero de mayo en Medellín, los trabajadores la eligieron Flor del Trabajo. Era un título simbólico y ornamental, una especie de reinado obrero que se otorgaba en varias ciudades.

Cano lo tomó al pie de la letra. Convirtió una distinción decorativa en un mandato de trabajo y empezó a viajar. En los dos o tres años siguientes recorrió buena parte del país hablando en plazas, teatros y patios de fábricas: Medellín, Bogotá, Barranquilla, Cartagena, Bucaramanga, los enclaves petroleros de Barrancabermeja, las zonas mineras, la región bananera del Magdalena.

Hablar en público siendo mujer, en Colombia, en 1926, ya era en sí mismo un acto. Las mujeres no votaban, no podían administrar sus bienes si eran casadas y tenían restringido el acceso a la universidad. Cano no pedía permiso para hablar y hablaba de lo que la prensa conservadora consideraba subversivo.

Lo que pedía

El pliego era concreto y hoy suena elemental: jornada de ocho horas, descanso dominical remunerado, derecho de huelga, protección para el trabajo de mujeres y niños, seguridad industrial, educación pública gratuita, libertad para los presos políticos.

Participó en la fundación del Partido Socialista Revolucionario en 1926 y quedó como una de sus figuras más visibles, junto a Ignacio Torres Giraldo y otros dirigentes. Fue detenida varias veces. La prensa la llamó agitadora y cosas peores, y en la vida privada pagó el costo social que se le cobraba entonces a una mujer soltera y pública.

El 28 y después

Su ciclo coincidió con el momento más tenso del sindicalismo colombiano. En 1928 el Congreso aprobó la llamada Ley Heroica, que criminalizaba la propaganda considerada revolucionaria, y en diciembre de ese año el ejército disparó contra los trabajadores bananeros en huelga en la Zona Bananera del Magdalena. Nunca se estableció con certeza cuántos murieron.

Después vino el reflujo. El Partido Socialista Revolucionario se transformó en 1930 en el Partido Comunista Colombiano bajo orientación de la Internacional, y en ese giro Cano fue desplazada de la dirección. La militante más conocida del país quedó por fuera.

Los últimos treinta y cinco años

Volvió a Medellín y a lo que sabía hacer antes: trabajó en la biblioteca departamental de Antioquia, entre libros, sin cargos ni tribuna. Vivió así casi cuatro décadas y murió en 1967, con más de setenta años, en un país que ya casi no la recordaba.

El reconocimiento llegó después, cuando las investigaciones sobre el movimiento obrero colombiano volvieron sobre los años veinte y encontraron que casi todas las actas, los volantes y los informes de policía de la época mencionaban el mismo nombre.

Hoy hay universidades, centros culturales y calles que se llaman María Cano. Empezó prestando libros a obreros en un cuarto de Medellín y terminó, treinta y cinco años más tarde, ordenando libros en otro. En medio, un país entero la oyó hablar.

Convirtió una distinción decorativa en un mandato de trabajo y empezó a viajar.

El Perfil

Temas

  • movimiento obrero
  • mujeres
  • medellin
  • historia

Sobre las fuentes: Basado en la prensa obrera y comercial colombiana de los años veinte, en documentación del Partido Socialista Revolucionario y en investigaciones académicas sobre el movimiento sindical colombiano y la huelga bananera de 1928.

Firma

Valeria Osorio

Jefa de redacción

Especialista en semblanzas largas. Su método: tres entrevistas, dos archivos y una caminata por el lugar de los hechos.

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