Leo Matiz, el fotógrafo de Aracataca que le tomó fotos a medio siglo XX
Salió del mismo pueblo que García Márquez, quince años antes. Terminó fotografiando a Frida Kahlo en su casa, el Bogotazo desde la calle y los pozos petroleros del Magdalena Medio, y lo echaron de México por una caricatura.
Dos hijos de un pueblo caliente
Aracataca, en el departamento del Magdalena, produjo en menos de dos décadas a dos personas que iban a contar el país hacia afuera. Gabriel García Márquez nació allí en 1927. Leo Matiz había nacido en 1917, en el mismo municipio, y salió antes.
Matiz no se fue a escribir. Se fue con un lápiz y después con una cámara, en ese orden. Empezó como caricaturista, oficio que en la Colombia de los años treinta tenía prensa y tenía riesgo, y de ahí pasó a la fotografía, que era lo que le permitía moverse.
El encuadre como decisión
Lo que distingue a Matiz de sus contemporáneos colombianos no es el tema sino el ojo geométrico. Sus imágenes están construidas con diagonales fuertes, sombras que cortan el plano y puntos de vista extremos: desde el suelo, desde arriba, desde un ángulo que obliga a leer la escena dos veces. Fotografió trabajadores, calles, campesinos, arquitectura, y en todos los casos el asunto no es solo quién aparece sino cómo está organizado el cuadro.
Trabajó los campos petroleros del Magdalena Medio, los pueblos del Caribe, el trabajo minero y agrícola. Hizo también retrato de estudio y fotografía de prensa. Sus fotos circularon en revistas internacionales de gran tiraje en los años cuarenta y cincuenta.
México
La etapa mexicana fue la más productiva. Matiz se instaló allí en pleno auge del muralismo y de la industria del cine, y quedó en el centro de las dos cosas. Fotografió a Diego Rivera y a Frida Kahlo, y sus retratos de ella en la Casa Azul están entre las imágenes más reproducidas de su archivo. Trabajó también como fotógrafo en el ambiente del cine mexicano de la época dorada.
Ese periodo terminó de manera abrupta. Matiz nunca dejó del todo la caricatura política, y una publicación crítica del presidente mexicano de entonces le costó la salida del país a comienzos de los años cincuenta. Es un detalle que dice bastante de él: tenía una carrera resuelta y la puso en riesgo por un dibujo.
Nueve de abril
De vuelta en Colombia, le tocó el 9 de abril de 1948. Matiz estaba en Bogotá cuando mataron a Jorge Eliécer Gaitán y salió a la calle con la cámara mientras la ciudad ardía. Las imágenes del Bogotazo son parte del registro visual más importante de ese día.
En los años cincuenta abrió en Bogotá una galería de fotografía, un formato que en el país no existía y que buscaba lo que a él le interesaba desde hacía tiempo: que la fotografía se mirara como se miraba la pintura, colgada en una pared, no consumida y botada con el periódico del día.
El archivo
Matiz murió en Bogotá en 1998, un año después de que empezaran las grandes retrospectivas que lo reintrodujeron ante un público que en Colombia lo había olvidado. Su hija Alejandra Matiz se hizo cargo del archivo y lo convirtió en fundación, y desde entonces la obra circula en exposiciones dentro y fuera del país.
El dato biográfico que más se repite sobre él, que Aracataca dio al mismo tiempo un Nobel y un fotógrafo mayor, tiene el problema de todos los datos pintorescos: explica poco. Lo que sí explica algo es el itinerario. Matiz se pasó la vida entrando en lugares donde estaba ocurriendo algo, con una cámara y sin permiso, y volviendo a salir con una imagen bien compuesta.
Un pueblo de la zona bananera, el estudio de Frida Kahlo, una calle en llamas y una torre de petróleo son escenarios que no tienen nada en común, salvo que hubo alguien que decidió estar en los cuatro.
Nota sobre el archivo
Un dato menor y revelador: buena parte de la obra de Matiz se conoció tarde porque los negativos anduvieron dispersos entre México, Venezuela, Estados Unidos y Colombia, siguiendo los movimientos de un hombre que cambió de país varias veces y no siempre con tiempo para empacar. La reconstrucción del conjunto tomó años de cotejo de copias, publicaciones de época y material familiar.
Eso explica por qué su nombre pesa menos en la historia de la fotografía latinoamericana de lo que su trabajo justificaría. No es un problema de calidad sino de logística: quien se mueve mucho pierde papeles, y en fotografía el papel es la obra.
“Se pasó la vida entrando en lugares donde estaba ocurriendo algo, con una cámara y sin permiso.”
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