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Retrato generado para Manuel Elkin Patarroyo, el hombre que regaló su vacuna

Perfil · 1993 · Bogota

Manuel Elkin Patarroyo, el hombre que regaló su vacuna

Nació en Ataco, Tolima, montó un laboratorio en un hospital de caridad de Bogotá y en 1993 entregó a la Organización Mundial de la Salud la patente de la primera vacuna sintética contra la malaria.

Valeria Osorio

4 de noviembre de 2025 · 9 min de lectura

Un pupitre en Ataco

El primer laboratorio de Manuel Elkin Patarroyo no tenía microscopio. Era un pueblo caliente del sur del Tolima llamado Ataco, donde nació en 1946, y donde la ciencia le llegó en forma de libro: la biografía de Louis Pasteur que su padre le puso en las manos siendo niño. Esa lectura, contada muchas veces por el propio investigador en escenarios académicos, funciona como la escena fundacional de una carrera que después se mediría en artículos de la revista Nature y en debates de la Organización Mundial de la Salud.

La familia se movió a Bogotá. Patarroyo estudió medicina en la Universidad Nacional de Colombia y se especializó en inmunología con estancias de formación en el exterior, entre ellas el Instituto Rockefeller en Nueva York y la Universidad de Yale. Volvió con una idea que en los años setenta sonaba desmedida para un país sin tradición de investigación básica: fabricar vacunas desde cero, en Colombia, con química.

El laboratorio del San Juan de Dios

El Instituto de Inmunología que dirigió durante décadas funcionó en el Hospital San Juan de Dios de Bogotá, un edificio de caridad pública con goteras y presupuesto corto. Allí, con un equipo formado casi por completo en universidades colombianas, Patarroyo trabajó sobre una intuición técnica precisa: si los antígenos del parásito de la malaria podían identificarse y luego sintetizarse químicamente en el laboratorio, no haría falta cultivar el parásito para producir una vacuna. Sería una vacuna sintética, barata y replicable.

El parásito elegido fue Plasmodium falciparum, la especie más letal de las que causan malaria. El resultado, ensamblado a mediados de los años ochenta, se llamó SPf66: una molécula construida con fragmentos de péptidos del parásito unidos en una sola cadena. Fue la primera vacuna sintética contra un parásito humano que llegó a ensayos clínicos de campo. Los resultados iniciales, publicados en 1988 en Nature, mostraban protección parcial en voluntarios.

Lo que vino después del anuncio

La historia de SPf66 no es un cuento de éxito lineal, y esa es justamente la parte interesante. Los ensayos posteriores, realizados por equipos independientes en Tanzania, Gambia y Tailandia a comienzos de los noventa, arrojaron cifras de eficacia mucho más bajas que las de los estudios sudamericanos, y en algunos casos no estadísticamente significativas. La OMS terminó por no recomendar su uso masivo. Hubo controversia dura, réplicas metodológicas, discusiones sobre el diseño de los estudios y sobre el tamaño de las muestras.

Patarroyo defendió su trabajo y siguió investigando durante los treinta años siguientes, ya sobre versiones modificadas y sobre la comprensión de las reglas químicas que gobiernan el encaje entre el parásito y las células humanas. Esa segunda etapa, menos publicitada, produjo un cuerpo de literatura considerable sobre cómo se une el parásito al glóbulo rojo.

Lo que ninguna controversia tocó fue la decisión de 1993. Ese año Patarroyo cedió la patente de SPf66 a la Organización Mundial de la Salud, sin cobrar regalías, para que la vacuna pudiera producirse a costo mínimo en los países donde la malaria mata. Había ofertas comerciales sobre la mesa. Las rechazó. En un mundo farmacéutico donde la propiedad intelectual es el activo principal, el gesto no tiene muchos equivalentes documentados.

Reconocimientos y aula

En 1994 recibió el Premio Príncipe de Asturias de Investigación Científica y Técnica. Antes había obtenido el Premio Robert Koch y distinciones de varias academias. Pero su influencia más verificable en Colombia no está en las medallas sino en la nómina: durante décadas el Instituto de Inmunología formó generaciones de investigadores colombianos que no tuvieron que irse del país para hacer ciencia experimental. Muchos de los grupos de inmunología que hoy funcionan en universidades colombianas descienden de ese laboratorio.

También sostuvo una estación de trabajo en la Amazonia, en Leticia, para estudios con primates, que generó sus propios debates regulatorios y ambientales, resueltos en instancias judiciales colombianas.

Volver al pupitre

Patarroyo murió en Bogotá en enero de 2025. Lo que queda es un caso poco común en la historia de la ciencia latinoamericana: un investigador de un país periférico que puso un problema de salud global en la agenda desde un hospital público deteriorado, que se equivocó en público y siguió trabajando, y que cuando tuvo entre las manos algo que valía dinero decidió que no era suyo.

Aquel libro sobre Pasteur que leyó en Ataco contaba, entre otras cosas, que Pasteur nunca patentó la pasteurización. La simetría es demasiado limpia para ser casualidad.

Regalar una patente no es un gesto romántico: es una decisión técnica sobre quién puede fabricar el remedio.

El Perfil

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Sobre las fuentes: Elaborado con base en literatura científica publicada sobre SPf66 (Nature, 1988; ensayos de campo en Tanzania, Gambia y Tailandia), actas de la Fundación Princesa de Asturias y documentación institucional del Instituto de Inmunología de Colombia.

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Valeria Osorio

Jefa de redacción

Especialista en semblanzas largas. Su método: tres entrevistas, dos archivos y una caminata por el lugar de los hechos.

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